Magazine

JSNAX1

En nombre de la vida

Maggie Civantos quiere viajar a Kenia este verano. No serán unas vacaciones para embriagarse con los atardeceres que tiñen la sabana de carmesí. La actriz lleva un par de años empeñada en abrir en Nairobi, la capital del país, una casa donde puedan vivir niñas y adolescentes sin miedo a que su familia les arranque con una cuchilla de afeitar sus genitales y su infancia para casarlas años después con un hombre que habrá pagado seguro de que la novia llegará virgen al matrimonio al estar mutilada. Sexual y vitalmente. A las menores kenianas que sufren esta práctica les extirpan el clítoris, los labios menores y parte de los mayores. La herida se cose con espino y se dejan dos pequeños orificios para expulsar la orina y la menstruación. Gota a gota, muy dolorosamente. “Yo conocía esa realidad desde hacía años, pero pensaba que era una cuestión cultural. Religiosa. Y no es eso. Es una salvajada que se comete por motivos económicos. Por eso se ha convertido en una realidad estructural en países como Kenia”, dice Maggie. Sus ojos se los abrieron una madre y una hija. Asha y Hayat. Se tomó un café con ellas, escuchó su historia y el anhelo que movía su lucha. No hubo vuelta atrás. Tenía que ayudarles a frenar una lacra atávica que, pese a estar prohibida en países como Egipto, Etiopía, Nigeria, Sierra Leona o la propia Kenia, no se extingue.

La vida de la madre parece un guión cinematográfico, pero es completamente real. Y duele en el cuerpo y en el alma, aunque el coraje y el sentido del humor de Asha Ismail, somalí nacida en Kenia, hayan cicatrizado las heridas visibles e invisibles que le causó la mujer que la mutiló, con la aprobación de su familia, cuando era un niña. Desde 2007, Asha, que ahora es una mujer madura que acaba de pasar los cincuenta, es el corazón y los pulmones de Save a Girl, Save a Generation. Corazón para bombear optimismo ante los tres millones de niñas que, según la Organización Mundial de la Salud, corren el riesgo de ser mutiladas cada año en la región subsahariana de África. Pulmones para recordar que las más de doscientos millones de mujeres que han sufrido la mutilación tienen voz y coraje para alzarla.

Desde su ONG, Asha pone su granito de arena para erradicar estas prácticas, previniendo a través de la educación, recordando sobre el terreno que no existe versículo del Corán que justifique esta monstruosidad. Save a Girl, Save a Generation no se olvida de que la mutilación genital femenina está vinculada de forma muy estrecha con los matrimonios prematuros y concertados, y con la explotación infantil, que, según Unicef, sufren 72 millones de niños y niñas en el mundo. De cada cuatro pequeños esclavos, uno es africano.

La vida de la hija es la razón que bautiza el proyecto de la familia Ismail. Cuando Asha salvó a Hayat, al mismo tiempo, estaba salvando a sus dos nietas. Salvar una generación fue suficiente para que Maisha y Nora, las nuevas ramas del árbol genealógico, crecieran ajenas a la amenaza de que una cuchilla cercenara su sexualidad en nombre de la tradición. “Hasta el embarazo no me planteé lo que sufrió mi madre por pensar en el destino que me esperaba por ser mujer. Cuando descubrió que yo sería una niña lo único que le vino a la cabeza fueron todas las cosas malas que me podían pasar”, dice Hayat Ismail. Los partos de sus hijas fueron muy diferentes al parto donde ella nació. Hayat dio a luz en un hospital de Madrid veinticinco años después de salir del útero materno dentro de un taxi en Mogadiscio, la capital de Somalia.

A su madre no le dio tiempo de llegar al paritorio. Su padre biológico fue el marido somalí que le impusieron a Asha. Hayat era una niña cuando estalló la guerra civil que asoló Somalia: su madre la recogió del campo de refugiados keniano al que había ido su padre y se marcharon juntas a Europa. Desde hace años viven en España, pero una parte de ellas no se ha marchado del cuerno de África.

Hayat me cuenta todo esto la noche antes de que su hija mayor cumpla cuatro años. La abuela Asha solamente tenía un año más cuando la mutilaron. No pudo elegir, como tampoco eligió Anab, la madre de su madre, una anciana que sigue viviendo en Kenia y que Hayat espera que pueda conocer algún día a sus bisnietas.

De momento, madre e hija, junto a Maggie Civantos y el resto del equipo de Save a Girl, Save a Generation, tienen previsto ir a la capital keniana en julio para comprar la parcela donde desean levantar algún día Safe in Nairobi Rescue Center, un hogar para catorce niñas en el que, esa es la idea, todo el personal que trabaje –profesoras, cocineras, chóferes, psicólogas o agentes de seguridad– sean mujeres para visibilizar la igualdad de derechos entre géneros. El proceso planean recogerlo en un documental que dirigirá el periodista Jon Cuesta. Para financiarlo, la ONG lleva años captando socios y capital. El madrinazgo de Maggie Civantos les ha permitido sumar a la causa a actrices como Aura Garrido, Cecilia Freire, Natalia de Molina, Nerea Camacho o Lydia Bosch, algunos de los rostros que ha retratado el fotógrafo Sergio Lardiez para Libres, una expo itinerante que recaudará fondos para Save a Girl, Save a Generation. Convencidas de que la cultura libera, el octubre pasado organizaron un concierto benéfico en Madrid donde actuaron Vetusta Morla, Alice Wonder, Delaporte, Arkano o Rozalén. Este verano, con la colaboración de Concept Hotel Group, un 15% de cada entrada de las sesiones acústicas de Dorado Live Shows financiarán el trabajo de una ONG que enarbola la bandera de la esperanza.

No es casualidad que los nombres de Hayat y Maisha signifiquen, literalmente, “vida”.

Por Pablo Sierra.