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El fotógrafo persistente e invisible

 

Érase una vez un jovenzuelo inglés llamado Terry O’Neill que quería ser el mejor batería del mundo de Jazz, esa música con menos estribillos que el himno de España. Corrían los años 50 y nuestro amigo soñaba con largarse a Nueva York para aprender de los maestros del género. Pero claro, nadie había inventado aún Ryanair y los billetes, al igual que los aviones, estaban por las nubes.

Una mañana desayunando té con baked beans (alubias con ketchup de toda la vida) se le ocurrió al muchacho una manera de ir y venir a la capital del Jazz por la patilla: hacerse auxiliar de vuelo de una compañía aérea. Se puso manos a la obra y unas semanas más tarde sufrió en sus carnes el famoso efecto subidón-bajón: consiguió un contrato de trabajo con la British Airways (subidón), pero le hicieron el lio y en vez del puesto de azafato le dieron el de fotógrafo de aeropuerto (bajón).

El joven O’Neill no tenía ni idea de fotografía así que se compró cuatro revistas sobre el tema y con más miedo que vergüenza se puso a disparar. Un día paseando por Heathrow se encontró a un gordinflón vestido de traje dormido en una sala de espera. El tipo estaba rodeado por un grupo de africanos con ropas tribales y aquella situación le pareció tan friki que sacó una foto. El gorderas resultó ser Rab Butler, Secretario de Asuntos Exteriores británico y la imagen fue tal bombazo que O’Neill dijo “ciao” a la British y empezó a trabajar como fotógrafo del tabloide londinense Daily Sketch.

En aquella época, principios de los 60, los fotógrafos aún trabajaban con grandes y pesadas cámaras. A O´Neill esos armatostes le parecía un coñazo, así que se fue a un mercadillo y compró una 35mm sin saber que aquella baratija terminaría convirtiéndolo en un mito de la fotografía. El pequeño tamaño y la facilidad de uso de ese tipo de cámaras le permitió moverse con sigilo entre sus fotografiados, hacerse invisible y conseguir así retratarlos con una naturalidad y frescura nunca vista hasta entonces.

De esta manera, en 1963 fotografió a unos chavales que lo mismo te suenan: The Beatles. Fue en el patio trasero de los estudios de Abbey Road, donde el grupo estaba grabando su primer disco. Aquella instantánea molaba tanto que fue la primera fotografía de una banda de rock que se publicó en prensa. Esto catapultó a los escarabajos al éxito y también al propio O´Neill quien por la ley del “culo veo, culo quiero” empezó a currar para las bandas más potentes del momento: Rolling Stones, Bowie, Led Zeppelin, Elvis Presley, Elton John, Bruce Springsteen o Frank Sinatra, con quién el chaval cogió tal perra que lo estuvo fotografiando a lo largo de 30 años.

Y es que ese fue otro de los grandes aciertos de O’Neill: ser persistente. Antes de disparar su cámara podía pasarse días, semanas e incluso años al lado de un artista, de modo que éste terminaba haciéndose amigo suyo. Esto hacía que los retratados se relajasen ante la presencia del fotógrafo, olvidasen sus estudiadas poses de estrella megacool y fuesen ellos mismos.

Hasta aquí la historia de Terry O’Neill, un tipo que nunca cumplió su sueño de ser percusionista de Jazz pero que con su fotos convirtió a personajes desconocidos en leyendas y al Rock and Roll en la música más jodidamente grande del planeta. Desde Concept Hotel Group le estaremos eternamente agradecidos por eso, y como homenaje, tres de sus fotos más acojonantes estarán forever and ever expuestas en las paredes de nuestro hotel Dorado: The Beatles en el patio de los estudios Abbey Road (habitación 409), Bruce Springsteen paseando por Sunset Boulevad (habitación 403) y la banda Queen en una de sus primeras sesiones de fotos de estudio (habitación 405).

Por Pablo Burgués

All photos: ©Terry O´Neill / Iconic Images / courtesy MONDO